OCHO: CARTA A SARA

Acá también les dejo la carta final de quien escribe y que dice:

 

 

CARTA A SARA

 

 

 

Guayaquil, 2 de julio de 2023.

 

 

 

Mi querida Sara Baranzoni…:

 

¿Usan el apellido materno en Italia? ¿Cuál es el tuyo?

Mucho me avergüenza enviarte, con el retraso de casi un año este trabajo creativo sobre el habitar poético de las viejas que bailan. Sin duda lo esperabas en el plazo de un semestre, el final de la maestría. Sabías, en efecto, que me quedaba poco por ordenar en esta obra y por crear, apenas un capítulo. Solo me faltaba redondear algunos textos y redactar lo que llamamos Reflexionario.

No había tampoco razón alguna para pulir el estilo. Primero porque es imposible reproducir el pensamiento de una escritora que repentiza e improvisa todo el tiempo. Tan rizomática y habladora de sí misma. Y después, lo sabes muy bien, porque mi léxico, el de la tutorada, el de la vieja que baila es más bien el de una mujer menos versada en academia que en palabrería. Mi única preocupación era y sigue siendo que cuanto más me acercaba en el decir a mi descuidada naturalidad, más cercana estaría a mi verdad.

Te cuento, que libre ya de tensiones que tanto me hacen sudar, era mínimo lo que me quedaba. No tenía, pues, dificultad alguna para escribir con sencillez lo planificado. Y sin embargo, todas las demás cosas parecieron conjurarse para no dejarme un momento, ni siquiera un momento, cuando trataba de acabar este textillo. No hubo día que no tenga que defender pleitos o asistir a ellos. Creo que bien me entiendes.

Visito a unos y otros tanto por compromisos como en función de mi trabajo. Paso casi toda la jornada fuera de casa. Y el resto lo dedico a los míos, sin que para mí, es decir, para mis aficiones literarias, me quede nada.

Una vez vuelta a casa hay que hablar con el marido, hacerme cargo de mis mascotas, dialogar con mi madre. Todo ello forma parte de mi vida, cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser extraña en tu propia casa. Sé que lo comprendes claramente. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o una misma ha elegido como compañeros. No me quejo.

Y así discurrieron los días y los meses. ¿Cuándo, pues, escribir? Y hazte cuenta que no he mencionado el sueño, ni siquiera la comida, que para muchas consume tanto tiempo como el sueño. ¡Y este, al que apenas pillo a veces, roba la mitad de la vida! ¡Que ya otro tanto me ha robado el ladrón y asesino del que ya te he contado casi me mata! Así de conjuradas estuvieron las cosas.

En cuanto a mí, sólo dispongo del tiempo que hurto al sueño, a la comida y a los médicos que me torturan con sanarme de tanto mal que me aqueja. Y esto, que aunque poco, es algo, ha hecho que terminara al fin Las viejas que bailan. Ahí te la envío, mi querida, Sara, para que la leas y me digas si algo se me ha pasado por alto. Pues aunque sobre este punto no desconfío totalmente de mí –ojalá tuviera algún talento y saber, pues memoria no me falta- no llego, sin embargo, a creer que no se me haya podido escapar algo de mi propia vida. Pero como todo lo que inventamos es cierto, confiemos pues.

A decir verdad, ni yo misma estoy muy segura de quererla presentar, pero me han dicho que es un trámite, que no haga tanto drama. Tengo mis temores. Los sabihondos desprecian como vulgar lo que no está sembrado de arcaísmos. A algunos sólo les gustan las obras clásicas, y, a la mayor parte, las suyas propias. Éste es tan sombrío que no admite bromas; aquél tan insulso que carece del sentido del humor. Los hay tan romos que huyen -cual perro rabioso del agua- de todo lo que sabe a humor. Otros son tan inestables que su juicio cambia de estar sentados a estar de pie. Sin embargo, debo presentarlo, así que acá lo tienes y nos tocará tratar lo que sea pertinente con quien sea pertinente.

Adiós, queridísima Sara Baranzoni. Mis mejores deseos para ti y tu excelente esposo. Quiéreme como me quieres, pues mi cariño por ti es mayor cada día.

 

Ángela Arboleda Jiménez.

 

En un robo descarado a Tomás Moro, porque habiendo tan buenas palabras por qué no usarlas, porque encontrándome con su utopía, por qué no empezar a soñar la mía.

 

Días después supe que Sara es hija de Angela Fontana